El duelo migratorio y el proceso de adaptación a la nueva sociedad de acogida

27/06/2019

Hoy comienzo con entusiasmo y afán al abrir una nueva puerta de comunicación entre gente de similares características, es decir, personas que migramos de diferentes rincones del mundo emprendiendo la aventura de vivir, trabajar y arraigar nuestra familia lejos de nuestro lugar de nacimiento.

Confluimos de diferentes rincones del mundo, pero compartimos similares desafíos, transitamos por los mismos miedos y ansiedades. Sobre todo al comienzo, la soledad y el sentimiento de indefensión nos hace vulnerables, necesitados del apoyo y la orientación de quienes previamente transitaron por ese camino.

“Estoy más solo que nunca. Puedo vivir o morir. Puedo luchar o darme por vencido. Allá muchos esperan por mí. Aquí me observan y se cuestionan si seré confiable. Quiero demostrarles a todos que sé cumplir promesas, que valgo. Pero hoy estoy cansado, se me hace muy pesado este camino. Golpeo puertas que se cierran una y otra vez. Cuando casi todo está oscuro, de repente una luz, una oportunidad aparece y vuelvo a revivir” J.R.

En este fragmento de la carta de un inmigrante, se despliega el abanico de momentos y sentimientos propios del llamado “ duelo migratorio”. Es el proceso de elaboración de la pérdida de todo aquello que significó nuestro espacio vital y la adaptación a uno nuevo y desconocido.

La mayoría de las veces culmina con éxito y una perfecta integración, así como un enriquecimiento vital para el individuo, su familia y su entorno. No mejor aplicado el refrán de “ lo que no te mata te fortalece”.

Sin embargo cuando las personas no poseen los recursos individuales, los apoyos sociales necesarios, sumados a niveles de estrés intensos y prolongados pueden desarrollar el “Síndrome de Ulises” término acuñado por el psiquiatra español, Joseba Achótegui en el 2002, para describir un cuadro psicológico de estrés crónico. En todos los casos el migrante enfrenta varios desafíos o estresores: la separación forzada de su familia y amigos lo que conlleva a una ruptura en la cadena del sentimiento de apego.

Otros factores importantes constituyen la adaptación a la lengua, las costumbres y los valores de su nuevo entorno; el contraste de los paisajes, colores, luminosidad, olores y temperatura; la lucha por la supervivencia que dependerá del acceso a oportunidades, papeles, trabajo, sanidad, vivienda; enfrentar prejuicios y para los que vienen en situaciones extremas enfrentar adversidades y riesgos para su integralidad física.
La adaptación trae consigo una serie de signos físicos y emocionales, tales como la tensión y nerviosismo, preocupaciones intrusivas y recurrentes, irritabilidad, insomnio, cefaleas, fatiga, sentirse perdido, desorientado en el tiempo y el espacio.
Estos signos comienzan a manifestarse cuando la persona comienza a despegarse de la “idea que tenía” para comprender la “realidad que lo rodea”. Podríamos describirla como un breve tiempo de idealización y excesivo entusiasmo, algo parecido a una “luna de miel” con el nuevo ambiente.
El duelo migratorio nos enfrenta a una ambivalencia que perdura años: amar dos países, dos culturas, amigos aquí y allí, dos hogares.
En este sentido, es un duelo reversible y recurrente que experimentamos en cada viaje que hacemos, ilusionándonos con encontrar lo que dejamos y comprobando que ya nada será igual y que en pocos días (no más de 15) echamos de menos nuestro nuevo país y hogar. “No soy de aquí ni soy de allá” como dice la canción.

El reto es complejo e intenso y cuando los recursos personales-sociales no bastan para superar estas experiencias se puede caer en un sentimiento de fracaso y depresión.

En estos casos se necesitará una ayuda a nivel psicológico y social que promueva la construcción de una nueva red de relaciones y de proyecto vital para nuestro bienestar.



Lic. Adriana García Cavalieri
agcavalieri22@gmail.com
Colegiada B-02056



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