Editorial 358: Por el camino equivocado…

15/01/2020

Las personas que han tenido la oportunidad de conocerme saben perfectamente que soy un ser alejado de los radicalismos, extremismos o fanatismos vengan de la corriente ideológica que vengan. (Y eso no es ser tibio)

Por eso hoy, al estrenar la segunda semana del año veinte del siglo veintiuno, me preocupa seriamente los atisbos de odio, rencor, rabia, chulería o cómo lo quieran llamar.

Por el libre derecho a la democracia y a la libertad de expresión, creo que una cosa es salir a defender un posicionamiento en torno de lo “mejor para mí país” y otra muy diferente es aprovechar la oportunidad para vomitar odio y resentimiento mediante el insulto y la apología al nazismo como símbolo de unidad nacional.

Estamos retrocediendo años luz, las redes sociales son infalibles al mostrar imágenes que nos van a llevar a un clímax de intolerancia con altos niveles de peligrosidad para la convivencia.

Y como últimamente, a muchos niveles, la costumbre es tirar la piedra y esconder la mano, déjenme decir que no se trata de paranoias, o delirios de racismo o que afloren los fantasmas de persecución por procedencia u origen.

Hace unos días en un campo de fútbol cualquiera de un municipio mallorquín unos chavales de entre 18 y 22 años, desde la tribuna le comenzaron a gritar “maricón” a un jugador del equipo rival que jugaba en contra de los suyos. A mi compañero de trabajo, David Zurita, que estaba al lado grabando con su móvil algunas secuencias del partido le mandaron a apagar el dispositivo.

No atendiendo a sus exigencias les llamé la atención sobre su altanera conducta, especialmente con un par de personas mayores que ellos. Y aproveché para recordarles que a nadie se le insultaba desde la grada. Estupefactos quedamos cuando los niñatos al notar nuestro acento comenzaron en coro a gritarnos “Vox”. Y luego, entre ellos comentaban que serían los de las tres letras los encargados de echarnos de este país. No podíamos creer lo que estábamos escuchando, testigos sí que los hay y no se trata de montar un guion de película sobre estas líneas.

Al final, la conclusión que saqué giraba en torno de la información que procesaban estos imberbes desde sus casas por lo que habrán escuchado de los mayores. En fin, creo que andamos por muy mal camino. Cuántos de estos jóvenes comienzan a crecer en medio de prejuicios y adoctrinamientos que creía desterrados en pleno siglo XXI.

Preocupa que se esté creando una tendencia o una moda en el que lo diferente o lo diverso no tiene cabida en ciertos sectores. España siempre ha sido un país acogedor, y si bien se cuelan personas que vienen a delinquir, también existe una inmensa mayoría que honrada y dignamente se gana la vida y aporta su grano de arena en el desarrollo social y económico, algo que generalmente pasa desapercibido, salvo cuando salen los datos reales del Instituto Nacional de Estadística.

Hay gente muy adaptada y familias súper-arraigadas, generaciones de niños y niñas de diferentes orígenes que comparten aulas de clase desprovistos de prejuicios y distinciones. Los prejuicios los imponemos siempre los adultos y mal los estamos encaminando por culpa de la política. Al final, los de a pie somos los que nos rompemos el lomo trabajando para por lo menos dejarles un legado digno en valores y principios a las generaciones venideras. Pero creo que vamos por un rumbo equivocado, quisiera equivocarme.



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