Reactivación Palma fase 2

Por Redacción BSF





"Somos el último peldaño de la escala", indica una educadora infantil.

22/05/2020


BSF

Me llamo M.C. y he sido una de las escoletas pioneras de Palma: de las primeras, de las guarderías de toda la vida. He sido escoleta reconocida por el Patronato de Escoletas de Palma con una placa durante años, y después, a lo último he vuelto a ser rebajada a “guardería”....

Señores... La persona que escribe siempre ha sido la misma, ha cuidado, educado y amado a los mismos niños en todas las diferentes etapas durante mi largo recorrido y con todas las diferentes etiquetas impuestas.

Así que sea CEI reconocido por educación o centro asistencial (dejémoslo ahí...) porque tras pasar por muchas crisis he luchado durante toda una vida. Eso sí, hasta ahora, haciendo lo que me gusta, que ésta ha sido mi gran suerte. Me encuentro a unos días de reabrir mi escoleta, y, porque amo mi trabajo; porque amo a mis niños y a mis familias voy a hacer un último esfuerzo.

Después de dos meses y medio de estar sin ayudas, de sentirme desamparada, hoy nos lanzan al ruedo. Porque el gobierno así lo ha decidido, porque somos el conejillo de indias y el último escalón en la escala de la educación, cuando realmente (y es fácil de entender), los primeros peldaños de cualquier escalera son los que nos permiten seguir escalando. Por ello, sin lugar a duda, esos primeros peldaños deberían ser los cimientos más fuertes en la vida de una persona. La etapa 0-3 años es la más vulnerable en nuestras vidas y la que necesita mayor protección y amparo. Así pues, para ser consecuentes, tendríamos que ser también la etapa más importante en educación, y la más protegida y amparada por la ley. Sin embargo, nos han soltado de la mano, y eso, en un futuro,se verá reflejado en nuestros niños. Niños a los que ya vamos a trasmitirles que los abrazos duelen, que hacer amigos puede llegar a ser hasta mortal. Trasmitir miedo y aislamiento.

Y ahora, nos toca a nosotras. A las que hasta ahora les hemos educado con otros valores. Nos obligan a generarles dudas y temores, decirles que está mal jugar entre ellos, que no deben compartir. Tenemos que ser frías y distantes cuando en esta etapa, la parte afectiva es la más importante... ¿Se hacen una idea de las consecuencias que tendrá esa nueva manera de “enseñar” a partir de ahora y que va contra natura?

Pues sí señores, en lugar de estar saltando de alegría, porque al menos tengo la remota posibilidad de subsistir y seguir haciendo lo que me gusta... Estoy indignada. Indignada porque precisamente dejaré de hacer lo que me gusta para hacer lo que me obligan a hacer. Indignada por la forma en la que el gobierno ha gestionado esto. Indignada porque a día de hoy, a menos de una semana para que podamos abrir, me encuentro a la espera de instrucciones de cómo debo de reinventarme, y lo peor, por primera vez en tantos años estoy triste pensando en las caritas que volveré a ver. Esas que ya no me verán con los mismos ojos, ni podré ofrecerles lo que necesitan: calor, proximidad, besos y abrazos... Eso es lo que me tiene partida en dos

Llevo días reuniéndome con mi equipo para buscar soluciones. En unos días tenemos que adaptar el centro a los nuevos tiempos que vivimos y tengo miedo, incertidumbre, pero sobre todo, me invade una gran pena cuando voy percatándome de la nueva realidad. Cuando estoy retirando juguetes, guardando disfraces, recogiendo sueños y metiéndolos en un baúl a la espera de que todo pueda volver a una nueva normalidad. Guardando la ropita en bolsas de esos niños a los que no podré volver a abrazar, que no podrán acabar su curso porque les han robado un poquito de su infancia, y que no tendrán fiesta de graduación y empezarán en los coles ante una nueva realidad que quizás no logren entender. Porque pasarán de haber estado en un ambiente cálido, donde los roces, los juegos colectivos, los abrazos y los besos formaban parte de su día a día, a otros centros donde aprenderán que el aislamiento es salud, es lo correcto, y aprenderán a vivir con ese miedo. Y, aunque esta etapa ya no me pertenece, me duele. Porque quiero a mis familias y si cada año un pedazo de mí se va con ellos, pensando en cómo les irá... Este año tengo el corazón roto en mil pedazos y rezo para que a donde vayan, sepan como trasmitirles esa confianza y seguridad que tanta falta les hace...

Y en medio de este caos, de esta locura global, me encuentro desinfectando como una loca, tomando medidas de seguridad y con una gran incógnita en mi cabeza: ¿Cómo vamos a conseguir que no jueguen juntos? ¿Cómo se sentirán esos niños que acuden a la escoleta para socializarse, cuando les digamos que no pueden jugar con los 2 o 3 compañeros con los que se reencontrarán después de dos meses y medio de no verse? Si nos cuesta a los adultos, ¿se imaginan a ellos? ¿Cómo les voy a decir a mis maestras que a partir de ahora su trabajo va a ser vigilar que no se rocen, que mantengan las distancias, que jueguen con lo mínimo, que no experimenten, que mejor sentaditos en cada esquina del aula, que no se abracen, que no compartan, que guarden su sonrisa detrás de esa mascarilla y no besen y abracen a esos niños, que no se acerquen demasiado para dar calor a esos bebés que después de haber pasado dos meses y medio en sus casas con el calor y amor únicamente de sus padres, ahora tengan que volver con sus maestras a las que volverán a tener que conocer, con una adaptación fría y distante? Pero señores, ¡hasta dónde puede llegar esta sinrazón!

Esa es mi verdadera lucha. Sí, estoy luchando para subsistir (como tantos españoles) ¿pero a qué precio? Estoy luchando contra mis principios y contra los derechos de los niños, por primera vez en tantos años me han hecho perder la ilusión... Si ese “bicho” hace tanto daño, que los besos se han vuelto mortales, ¿cómo permiten que juntemos a esos bebés en un espacio cerrado y no les demos la oportunidad de seguir siendo niños?

Yo, señores, reabriré mi centro. Cumpliré ratios, aun sabiendo que económicamente es inviable. Y lo hago porque no me queda otra... Lo hago por esas familias que nos necesitan y que siguen confiando en mí a pesar de las circunstancias. Dentro de todo lo malo, me siento afortunada de seguir teniendo familias interesadas en nosotras. Otras compañeras no han tenido esa suerte, y muchas bajarán barreras, de hecho, algunas ya lo han hecho... En mi caso, lucharé unos meses más. Intentaré mantener mi personal a flote, aunque inevitablemente algunos se van a quedar por el camino.

Pero que sepan que en mi escoleta los niños seguirán siendo niños, porque sí, extremaré la limpieza; sí, cumpliré con los absurdos ratios impuestos; cumpliré con todo lo que me exijan. Pero, NO me pidan que no de calor a mis niños a través de esa cercanía que se merecen, NO me pidan que no les deje jugar en grupo... Porque no lo haré, y eso voy a trasmitir a mis familias, de puertas a dentro seguiremos en familia y que estén tranquilos, porque haremos todo lo posible para que esa nueva normalidad sea lo más parecido a la que han conocido. Porque si en las calles veo grupos de niños jugando juntos ante la mirada distraída de sus padres, ¿por qué en la escoleta no pueden jugar juntos? Que alguien me dé una explicación a este sin sentido...

El COVID-19 ha acabado con muchas vidas, ha roto sueños, ha arruinado un país que se está muriendo en vida, pero lo que no conseguirá, es que, al igual que al reabrir bares los adultos hayamos experimentado esa sensación de nueva normalidad (y hasta nos hayamos saltado las normas y se nos haya escapado un gran abrazo...),al reabrir las escoletas tampoco conseguirá (al menos por mi parte) que los pequeños sientan la misma alegría al verse. No seré yo quien les confunda manteniéndolos a dos metros de distancia. No, señores. Si pretenden eso, no nos den carta blanca para abrir según qué centro, ayuden de otra manera a conciliar la vida de las familias, si el peligro de contagio es tan elevado, no nos expongan, prescindan de nuestros servicios.

Y ahora, después de hacer grandes esfuerzos, inversiones, cuando al fin abra las puertas de mi escoleta (como todas mis compañeras que se encuentren en mi misma situación). Vengan, observen, verán que al día de apertura prevista para el 25 de Mayo, ni siquiera han tenido tiempo para escucharnos, para guiarnos...Entren, observen y si ven algún abrazo de más o algunos niños demasiado juntos jugando distraídos (algo no permitido) o que en lugar de 4 ese día por alguna razón haya 5 niños en una aula de 35 metros cuadrados, o quizás alguna educadora se haya quitado la mascarilla para sonreír a ese niño que llora... Entonces... bajen la barrera. Eso ya lo dejo en sus manos, pero me iré con el sabor del trabajo bien hecho y mi conciencia tranquila.

Ánimo a todas las que como yo estáis en la misma lucha, si algo ha unido este virus ha sido a las escoletas. Y digo escoletas en el concepto más amplio, aunque no todo el mundo esté de acuerdo en este punto, pero esto es otro capítulo de esta misma historia.

Me llamo M.C. pero podría ser cualquier otra



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