Debemos superar el chantaje del miedo

20/07/2020

Por: Maribel Alcázar 

El movimiento vecinal de Palma se configuró, durante la década de los 70, en unos barrios de nueva construcción que fueron el punto de encuentro entre la población mallorquina que llegaba desde los pueblos y la población inmigrada desde la península.

Ese encuentro construyó organizaciones vecinales, con una base territorial y un carácter integrador de la diversidad, que mejoraron la vida en los barrios y fueron construyendo un proyecto de barrio y de ciudad, en paralelo a la conquista de unos Ayuntamientos democráticos que, pese a la apariencia formal de democracia, estamos muy lejos de haber conseguido.

Es importante no ignorar que colegios, bibliotecas, parques, plazas, centros de salud, pistas deportivas, incluso el asfaltado de las calles y hasta las farolas son el resultado de luchas vecinales. No son un regalo sino una conquista.

Las nuevas instituciones “democráticas”, arropadas por toda una cohorte de tecnócratas “progres” y “modernos” empezaron a impulsar la sectorialización.

Lo que en su día fueron comisiones de trabajo de las asociaciones vecinales se desgajaron para constituirse como organizaciones cerradas y separadas, en torno a un grupo de edad (jóvenes, mayores…), a una temática (medioambiente, consumo, urbanismo…) o a una actividad concreta.

Desde la organización de los ayuntamientos, de los servicios públicos y de la oferta pública de subvenciones se impulsó ese proceso de división y aislamiento de las organizaciones populares.

Así, cuando a finales de los 90 llegó el grueso de la población inmigrada extracomunitaria, el proceso de sectorialización y división estaba ya muy avanzado y la nueva población inmigrada se vio impulsada a formar sus propias asociaciones y a recluirse en su propio grupo.

La crisis de 2008 vino a reforzar aún más esa tendencia.

El racismo, como discriminación en función de un fenotipo físico o de una comunidad cultural de origen es una cortina de humo que oculta las contradicciones de clase social. Cuando una reconocida relojería de Palma llamó a la policía, alarmada porque un negro quería comprar un Rolex, todo quedó resuelto al comprobar que el “negro” era un jugador del Real Mallorca y, en consecuencia, dejó de ser “un negro” para ser el Sr. Samuel Etoo comprando un Rolex.

A la población inmigrada no la quieren aquí para vivir la realidad de un jugador de fútbol de la primera división sino para servir de mano de obra barata y ser un instrumento que contribuya a reventar a la baja el mercado laboral y a cargar con las culpas del empobrecimiento.

Esto no es nada nuevo. Cuando a principios del siglo XX los trabajadores de la construcción del metro de Barcelona fueron a la huelga reivindicando mejoras salariales y laborales, los empresarios se fueron a los campos de Murcia y llenaron trenes de trabajadores sustitutos para reventar la huelga. Ese hecho, les valió durante mucho tiempo a los murcianos el apelativo despectivo de “charnegos”.

Otra estrategia para hacer efectiva la dominación y la explotación de clase, bien asentada sobre el “divide y vencerás” es la “del palo y la zanahoria”.
Dicho de otro modo: ¡Que viene Vox! Vox se encumbró por boca de Susana Diaz (PSOE) en las últimas elecciones andaluzas.

No había mitin ni telediario en el que Susana -y otros portavoces de la autodenominada “izquierda”- no salieran hablando de Vox, una forma de hacerlo presente y de darle el poder que aún no tenía. ¿Por qué? Porque se supone que la amenaza de la “ultraderecha” nos tiene que llevar a tragar con cualquier medida que nos quieran meter, bajo la consigna: con Vox sería peor.

El coronavirus es la trompeta que anuncia una nueva vuelta de tuerca en la pérdida de derechos y el desmantelamiento de esa entelequia llamada “estado del bienestar”, imposible de materializar en un estado que en su día firmó un cheque en blanco al proyecto de Unión Europea y asumió el desmantelamiento del tejido productivo, convirtiéndonos en un país de camareros de bar y limpiadoras de hotel, dependiente del turismo exterior.

Parar el miedo a la ultraderecha no pasa por decir amén a cualquier cosa que nos quieran meter sino por dotarnos de conciencia de lo que somos como clase trabajadora, tengamos el origen que tengamos; pasa por organizarnos en base a intereses comunes que definen nuestra posición en el marco del trabajo, de los barrios y de las ciudades en que vivimos y por no aceptar que nos dividan en base a los mil y un factores que nos hacen diversos.

A Vox no se le combate con el victimismo de la inmigración frente a las necesidades locales sino con la bandera de la lucha por los derechos que compartimos como trabajadores, vecinos y ciudadanos, sin dejarnos amedrentar por el miedo impulsado por quienes dieron a la ultraderecha su acta de nacimiento como fuerza política relevante.

Como persona vinculada a asociaciones vecinales, sigo apostando por espacios para trabajar intereses compartidos, espacios en los que desintegrar el racismo y la xenofobia, superar el victimismo y afirmarnos juntos como trabajadores y ciudadanos, aquí y ahora.



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